Amaría verte partir, Dolor que meces ésta noche brumosa
en tus peñascos retorcidos de olvido.
Las anclas del viejo navío yacen abstraídas en tu fondo de penumbra,
listas para convertirse en nada.
Desearía quitarte mi corazón de las manos,
vehemente querubín agridulce.
Rezas mi sufrimiento en cada sombra que come de ti.
¡Y a mis restos te invito!
Ve delante de ti el fruto de tu sucio desvelo.
Apaga la llama que arde en el amplio salón.
¡Debo estar ya muy lejos para sentirla!
Colmaría de emoción a mis amaneceres
descubrirte desterrado, bramido penoso,
altar lastimero de mis últimos deseos de amar.
Consagraría a cualquier pagano
si te alejase de mí.
Llueve la pena éste cielo sin luna,
Funesta es la contrariedad de ansiar tu abrazo
y orar por tu adiós.
¡A mi espera te encaminas, indebido culto!
Persigues intemperante a la insultante naturaleza.
Leves destellos ensucian la obscuridad de tu rostro…
Volví al percibir tu golpe apacible, vagante e impreciso.
La péndola consume la tinta que el papel devorará…
Esto es todo cuanto me queda.
¡Ay de mis días sin mis letras!
Despierto y regreso a la morada del infortunio.
Su trono florece sobre el mundo
y he olvidado el Pentecostés
para invadir un sueño que no se cumplirá.
Dejo el cenáculo y a sus trece,
Levantando la mirada al Este,
A donde llegaré algún día
sin ti, dolor.
In fletu solatium.
Amen. Alleluia.
Johnny Hoyer.




